Activista por casualidad


Toru Sukuzi (c) Greenpeace / Adrian Tyler

Toru Sukuzi (c) Greenpeace / Adrian Tyler

Nunca tuvo la intención de convertirse en activista, pero ya ha estado en la cárcel por denunciar la caza de ballenas y se ha autoexiliado para siempre de su propio país tras el accidente de Fukushima. Conocemos la historia de Toru Suzuki, un activista por casualidad.

Siempre sonriente, muy cercano y hablador, Toru Suzuki se define a sí mismo ante todo como hombre de negocios. Rechaza amablemente el té japonés que le ofrecemos -lo habíamos comprado algún tiempo después del accidente de Fukushima- y nos comienza a contar su historia.

Gracias a mi negocio, tenía la vida resuelta y mucho tiempo libre. En 2008 mi mujer me convenció para involucrarme en Greenpeace: decía que la organización necesitaba de mis habilidades, y que yo mismo podría aprender de ella. Así que me hice voluntario. Cuatro meses más tarde me encarcelaron.

Cuéntenos qué pasó.

En Japón los balleneros capturan muchas más ballenas de las que les está permitido, y los marineros se apropian del excedente para vender la carne en beneficio propio. Se autoenvían cajas etiquetadas como equipaje personal, pero que en realidad contienen carne. Yo participaba en Greenpeace en el tema de la caza de ballenas, y junto a Junichi Sato extrajimos y abrimos una de estas cajas. Contenía carne de ballena, como sospechábamos. Pero la justicia japonesa, en lugar de abrir una investigación contra la compañía, nos acusó de robo a nosotros.

¿Por qué tanto interés en la carne de ballena?

La verdad es que la gente joven no come carne de ballena. Es un negocio que tiene los días contados, pero que sobrevive gracias a los subsidios del Gobierno. Es una cuestión de corrupción y de soberanía. Algunas de esas cajas, que valen entre 400 y 500 dólares, se envían a políticos. A la vez, los partidos de derechas en Japón quieren militarizar más al país, y utilizan la pesca de ballenas como un símbolo por su excepcionalidad. Se trata de hacer ver que no hacemos lo mismo que los Estados Unidos. Pero es una práctica ya económicamente inviable, y las compañías que la ejercen son ya compañías zombis, están muertas.

¿Cuál fue la reacción de la opinión pública?

En mi opinión esa es fue verdadera tragedia, la reacción del público. En Japón el 95% de la gente confía en el Gobierno. Los medios de comunicación tienen una relación muy estrecha con él. Así que mucha gente le creyó. Si hubiese sido un caso de droga o armas ahora seríamos héroes en lugar de criminales.

Entonces, ¿los japoneses están poco concienciados con el medio ambiente?

 No es eso. Diría que están igual de concienciados que en Europa, especialmente con el cambio climático. Pero son mucho más crédulos, lo cual resulta terrible en ciertos casos, como el de Fukushima.

¿Fukushima? Cuéntenos…

La aparente normalidad que quiere transmitir el Gobierno esconde un país condenado. Nada es seguro . Los buques que pescan en zonas prohibidas por riesgo de radiación van a descargar a puertos del sur para que el pescado sea tratado como seguro. Y así con todo. En cuanto supe la magnitud del accidente, envié a mi mujer y a mi hija a Dinamarca. Por suerte mi negocio no tiene una base fija, y yo también pude reunirme con ellas unos meses después. El riesgo es tan grande que jamás volveremos a pisar Japón.

JAPÓN Y LA CARNE DE BALLENA
En Japón, la escasez de alimentos que prosiguió a la Segunda Guerra Mundial se palió con una intensificación de la pesca de ballenas. El negocio llegó a su culmen en la década de los 70. Pero lo que en su día fue un recurso barato para alimentar a la población, es hoy un lujo: la carne de ballena cuesta unas diez veces más que la de ternera. “Solo los mayores de 50 la compran de vez en cuando por nostalgia”, comenta Toru.

Publicado originalmente en GPM03