Apocalipsis. Ya. Por favor.


Art|Banchel nos regaló ayer una performance brutal. Una chica con un body color carne, que parecía estar desnuda, bailaba a luz tenue al ritmo de música electrónica primero (Substruff), y clásica después (La consagración de la primavera de Stravinsky). Pero la bailarina era lo de menos: una cámara web retransmitía sus movimientos simultáneamente a varias ventanas de chats anónimos, como Chatroulette. Mientras, un habilidoso community manager manejaba las múltiples conversaciones a la velocidad del rayo y hablaba con los usuarios. Que, en el 60 por ciento de los casos, eran pollas. Pollas literales: vergas empinadas, con una mano complementaria agitándolas. Eso es. Otro 30 por ciento eran pollas con su cuerpo adjunto, y el resto eran casos más variopintos: una pareja o alguna chica masturbándose, una felación, y chicos vestidos, entre ellos un par de guitarristas que nos querían cantar una canción.

Ah, la performance es Partner/You, de Chantal Yzermans/Radical Low con la colaboración de Mala Fama estudios. Aquí hay más info.

Antes defendía internet porque permitía dar su opinión a la gente. Ahora me doy cuenta que lo único que quiere dar la gente es su polla.

Las reacciones de las pollas ante lo que veían eran curiosas. Imaginad: tras haber pasado por una infinidad de otras pollas rivales, llegan por fin a una tía bailando en pelotas. ¡Aleluya! Todas las pollas se empezaban a menear con más ahínco, y los ojos de las caras acompañantes se abrían de par en par y se acercaban a la pantalla. Un señor que venía con un pepino vegetal complementario inmediatamente se lo empezó a meter por el culo. Luego, mientras la conversación iba a más, se olvidó de ambos pepinos, y estuvo hablando con nosotros con el churro ya flácido un buen rato. Hemos de aclarar que los chateadores nunca veían a la audiencia, sólo a la bailarina.

Pero no me quiero detener en lo que ocurrió o dejó de ocurrir. Como podéis imaginar, las carcajadas del público eran intensas ante tal o cual reacción o comentario. Pero tras ello todo el mundo se sumió en ciertos pensamientos apocalípticos. El acto constituía una visión brutal y desoladora de nuestros tiempos. Yo antes defendía internet porque permitía dar su opinión a la gente. Ahora me doy cuenta que lo único que quiere dar la gente es su polla. No se le puede pedir más al Pueblo.

Pasaban ante nuestros ojos decenas de personas cuya única carta de presentación era su pene. Si en sí una polla solitaria, desprovista de todo contexto, no vale mucho, una saturación de ellas imagínense. En Empresariales estudié la teoría de la utilidad marginal, que decía que cada bien consumido consecutivamente tiene un valor menor que el anterior. Es decir: si te mueres por un helado, te compras uno y te sabe a gloria. El segundo también bien pero menos, y el decimonoveno te hace odiarlos de por vida. Pues lo mismo con los penes. Estas miles de pollas hikikomori vienen a ver qué pescan ofreciendo un valor absurdo a cambio. Fuera de internet, llegar a un encuentro sexual, es decir, a ver un pene, cuesta mucho esfuerzo. Hay que encontrar, calibrar, seducir, cortejar, proponer, etc. Y ese pene que por fin se exhibe ante nosotros después de todo el proceso se muestra grandioso, sabroso y único, porque tiene agregada una historia. Es casi más un trofeo que un pene, de hecho.

No nos hacemos un dedo imaginando una fabulosa fantasía con tal o cual persona, sino que internet nos da pollazos en la cara sin que podamos reaccionar.

Pero en internet todo nos sobra. ¿Cuánto tiempo gastamos hablando del tiempo que gastamos online? Yo paso horas quejándome con quien me encuentro por ahí. Contamos historias de conocidos aguerridos que se atreven a hacer dietas de datos, y quien no tiene teléfono móvil ocupa directamente la categoría de eremita en nuestra imaginación. Y cada vez somos más conscientes cómo esta dieta saturada afecta a nuestra productividad o a nuestra capacidad de atención. No leemos libros, pero sí millones de piecitas aquí y allí. No escuchamos discos, pero sí un sinfín de canciones que elige el Algoritmo de YouTube. Igualmente, no escribimos textos largos y cabilados, pero sí millones de posts de aquí te pillo y aquí te mato. No le dedicamos ese rato extra a perfeccionar tal vídeo, es mejor lanzarlo y a otra cosa: total, nadie lo va a apreciar. No nos hacemos un dedo imaginando una fabulosa fantasía con tal o cual persona, sino que internet nos da pollazos en la cara sin que podamos reaccionar. Hay más, y más rápido de lo que podemos asumir. La sobreinformación conduce al infraconocimiento.

La propia performance saturaba a la audiencia, cambiando rapidísimamente de ventana a ventana. Y cuando La consagración de la primavera por fin llegaba a su sacrificio (pinchad para escucharla, por favor), no había nada que nos impidiera querer entregarnos al apocalipsis cuanto antes. Estábamos ante ese salvaje en su adolescencia que es internet y que nadie sabe dominar, y esperábamos que, muy pronto, alguien le pegase un tiro directamente en el entrecejo.

Qué divertido sería, pensé yo. Voy a contarlo en mi web y en mis redes sociales para que esa idea que se me acaba de ocurrir tenga la mayor difusión posible.

Apocalipsis.

Ya.

Por favor.