¿Cuál es la esencia de Madrid?


Madrid era todavía una ciudad pequeña, se andaba mucho para ir de un lado a otro. Todo el mundo se conocía y cualquier encuentro era posible.
Luis Buñuel, Mi último suspiro

Antes de en Madrid viví en Londres. Mi mayor afición allí no era ir a museos o tomar té, sino perderme. Salir de una parada de metro con la boca abierta esperando cualquier cosa. Todo ante mí se presenta loco e interesantísimo, tanto por la vejez de sus esquinas dobladas por el tiempo como por los variopintísimos pelajes y procedencias de sus habitantes. Y la emoción llegaba al culmen cuando recorría sin rumbo sus calles laberínticas e interminables en bici. Las sorpresas eran inenarrables.

Madrid no es así. El centro se acaba pronto, y más allá todo parece absurdo y cochificado. Pero su esencia es muy otra, mucho más entrañable. Ahora lo contaré, pero para ponerse en situación por favor escuche esto mientras lee:

Bueno, al grano: descubrí la esencia de Madrid tras cuatro o cinco meses aquí. Ocurrió un día que iba a mi precatrabajo, que estaba en el El Carmen, una parada más allá de Ventas en la línea verde, al otro lado de la M30: periferia. Llevaba la música en modo aleatorio, y en ese momento tocó la banda sonora de la película El turismo es un gran invento. Tuve un chispazo. Miré en derredor, y comprendí: esos viejos, que habitaban esas casas, que conducían esos automóviles y bebían ese vino peleón en esos barmanolos. Esos eran los que habían hecho Madrid, viniendo en masa durante los años 60 y 70. Son los hijos de la guerra Civil, moldeados por el discurso franquista, curtidos por el hambre, que venían a la gran ciudad con los ojos abiertos de par en par buscando luces, automóviles, progreso, trabajo, pisito. Ahí se han quedado, y ahí han dejado hoy a España, pendiente aún del s. XX, pero eso es otra historia.

El tiempo fue pasando y yo fui haciendo de Madrid mi hogar. No me fue difícil acostumbrarme al tiempo, a su ritmo más pausado, a los precios, las cortísimas distancias, y al metro para tontos, sin desdoblamientos de líneas ni trenes que comparten vías. Me encantó su mezcla de familiaridad y cosas locas. Me alivió el poder tener por fin amigos a largo plazo, y me ultraemocioné con el 15M. Aprendí a amar la simple belleza del Ladrillo Marrón y Toldo Verde de los barrios, y los hice mi patria, aunque seguí echando de menos la salvajedad de perderse y descubrir cosas todo el rato.

Estos son los verdaderos luchadores contra la gentrificación.

Por eso desde hace ya unos meses hacemos unos paseos semanales que cubren sistemáticamente toda la red de metro. Empezando por la línea 1, y de norte a sur. Todas las paradas. Saldremos del subsuelo con la boca abierta y expectante, sin otro fin que el de asombrarnos e interactuar con los edificios, gentes y cosas que veamos. Hacer divertidas zonas que en principio son aburridas. Alterar el espacio colectivo, para devolverle vida a la ciudad.

¿Te apuntas?