Matar el machismo con amor


Publicado originalmente en Yorokubu
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Estoy sentado en una capilla, donde unos 50 hombres cantan ante mí. Todos van irregularmente uniformados como working class victoriana –camisa blanca y pantalones oscuros salpicados aleatoriamente con gorras, chalecos, tirantes y pañuelos– e interpretan tanto cantos tradicionales como versiones de canciones actuales. Del repertorio, a veces serio y a veces juguetón, me gustan especialmente las reinterpretaciones de The Book of Love de Magnetic Fields y The Logical Song de Supertramp. Son Chaps Choir (“Coro de Tíos”) en su concierto de tercer cumpleaños en The Union Chapel, en el distrito londinense de Islington.

Ni yo soy una persona religiosa, ni el coro al que atiendo lo es, pero experimento aquí lo sagrado del espíritu humano. Guiado por las voces de los chaps, es a la vez trascendente y cachondo: une de amor y humor. La alternancia entre la fuerza de las voces y el silencio de la capilla va taladrando ese sentimiento hacia adentro como un mortero. Me embriago con el poder sobrecogedor de la música y el trabajo en equipo bien hecho, además de por su causa: los beneficios del concierto serán donados a una asociación que ayuda a hombres con depresión. Un acto de generosidad hecho desde el humanismo y la felicidad.

No es casual. Chaps Choir es parte de un movimiento espontáneo que está cobrando fuerza en Londres en los últimos años: mirar la masculinidad desde un nuevo prisma. En una época en la que la visibilización de la mujer y la perspectiva de género están revolucionado la forma en la que vemos el mundo, la idea de que el patriarcado no es una situación cómoda de poder sino un problema para sus propias vidas va cobrando fuerza entre muchos hombres. Personas que están en proceso de desentenderse de un machismo que no es una elección personal sino una estructura social en la que se ven envueltos, pegajosa y a veces difícil de identificar y cambiar. Que buscan, en definitiva, dejar atrás los rígidos cánones de una masculinidad hegemónica y dominante para experimentar otras más libres y abiertas, tamizadas por una visión feminista del mundo.

El cambio se va notando en pequeñas cosas como los lugares de encuentro y ocio. Uno de ellos es Chaps Choir: “Es una excusa para vernos una vez a la semana, cantar y tomar unas cervezas”, me cuenta su fundador, Dominic Stichbury, tras el concierto. Estamos, claro, en el pub de enfrente, pinta en mano. Dominic creó el grupo en 2013, y su éxito ha sido tal que la lista de espera para ser un chap es larga. Para atajarla, el músico ha formado un segundo coro masculino más casual, The Bellow Fellows (“Los Tipos del Rugido”) esta vez con un uniforme de camisas de colores. “Mi principal interés a la hora de formar estos coros era musical, pero quería explorar el hecho de hacerlo sólo de hombres,” me aclara. “Los chaps son personas diferentes, con intereses y trabajos diversos, pero tienen en común una extraordinaria sensibilidad y compromiso. Además, es un punto de encuentro entre hombres homosexuales y heterosexuales, lo que no es muy frecuente”, me explica. Un chap sevillano, David Sánchez, añade que lo que más le gusta del coro es que sea un espacio no competitivo en el que relacionarse y expresarse libremente. “Escucharnos unos a otros y colaborar tiene un efecto terapéutico y relajante”, afirma. Otro chap asiente con la cabeza y sugiere que en los conciertos siente la misma euforia que ganar un partido de fútbol, pero sin darle patadas al tío de enfrente. “En el coro no sirve de nada destacar siendo el que mejor o más alto canta, porque lo que importa es el conjunto”, afirma. Intento seguir entrevistándoles, pero ellos prefieren preguntarme a mí: quieren saber cómo vemos el Brexit desde España. Compruebo que el tema les preocupa especialmente.

Días después investigué más sobre la organización que iba a recibir la recaudación de taquilla. Se trata de CALM (“Campaign Against Living Miserably” o “Campaña Contra Vivir Miserablemente”), un teléfono de la esperanza dedicado principalmente a hombres jóvenes. Su propósito es prevenir el suicidio: según la propia asociación, en Gran Bretaña se quitan la vida tres veces más los hombres que las mujeres, y es la primera causa de muerte entre varones menores de 45. Miré los datos en España, y no eran muy distintos: según el INE en 2015 hubo 2.680 suicidios de varones frente a 922 de mujeres. Como referencia, el número de mujeres asesinadas por violencia de género ese mismo año fue de 57 . Son unos números tan alarmantes que incluso el príncipe Guillermo se ha preocupado por el tema: “Si la principal causa de muerte fuera el cáncer, el crimen o los accidentes habría un clamor nacional. Pero es el suicidio, y nadie habla de ello. Hay que cambiar esta situación, porque ese silencio está matando a buenas personas.”

 Publicidad de CALM en Londres

Lo que más me interesa de CALM es que aborda el problema del suicidio masculino desde la perspectiva de género, relacionándolo con las barreras sociales y culturales que impiden que los hombres muestren sus sentimientos. “Se espera que los hombres tengan siempre el control, y su falta significa debilidad y pérdida de masculinidad,” afirmó su directora, Jane Powell, antes del concierto de los chaps.

Esta perspectiva me incitó a continuar investigando cómo los hombres sufren el machismo. Hurgando entre datos, descubrí que los varones lideran además las tasas de presidio ( 95% ), indigencia ( 71% ) o drogodependencia ( 56%). Y también hallé organizaciones que abordan esos otros problemas. Un par de ejemplos: Irene Taylor Trust ayuda a presos a través de la música, montando talleres en los que estos crean sus propias canciones, las graban y las interpretan en conciertos abiertos al público. Por su parte, Crisis ofrece ayuda a personas sin hogar, guiándolas para encontrar trabajo y vivienda y abriendo espacios, especialmente un café y talleres artísticos, donde relacionarse con personas no afectadas por el problema. La organización, además, trabaja con el Gobierno y otras instituciones para atajar de raíz las causas de la indigencia. Curiosamente, las tres ONG señalan la importancia de la creación artística como vía de escape para aliviar la presión que los varones tienen sobre ellos mismos.

Afortunadamente estos problemas están empezando a salir a la luz. Uno de los principales divulgadores es Glen Poole , colaborador de CALM y coordinador en Gran Bretaña del Día Internacional del Hombre desde 2010. Poole sostiene que la sociedad es más tolerante al daño sobre hombres, lo que hace que sus problemas pasen más desapercibidos. Los varones son más propensos a sufrir violencia, dice, y a la vez menos dados a denunciarla, y lamenta que no haya políticas para atajar los problemas derivados del machismo sobre los hombres.

Arte y masculinidad

El concierto de Chaps Choir también me invitó a investigar cómo se está abordando el machismo sobre los varones en otra dirección: la artística. Fue de la mano de Shane Solanki, antiguo chap, que presentó el recital ataviado con una túnica africana. “Los hombres no tienen que ser bolas de músculos que van pegando puñetazos por ahí”, dijo al público con su marcado acento del este de Londres. “Estamos en el camino de ser más honestos, abiertos y vulnerables, y por tanto más bellos”.

Shane Solanki

Solanki es un artista londinense de ascendencia keniata e india. Charlo con él cerca de su casa, en Hackney Wick, una zona industrial que la gentrificación del centro de Londres ha poblado de artistas. Por el camino me encuentro una curiosa combinación: hombres rudos de tatuajes borrosos que trabajan en las industrias ligeras que aún quedan en la zona, y otros hombres de apariencia delicada y tatuajes brillantes que salen de los espacios de arte que se han abierto recientemente. Me cito con él en Stour Space, un taller de creación artística que cuenta con un pequeño café cuya magnífica terraza está sobre uno de los numerosos canales que pueblan esta parte de la ciudad. “En mis obras he querido poner a personas distintas a mí como protagonistas, pero siento que al hacerlo he construido un fetiche de algo que no es mío”, me cuenta. “¿Puedo saber lo que siente alguien diferente como una mujer? Esa es la cuestión fundamental que he intentado tratar.”

Su trabajo reciente incluye publicaciones y performances que abordan el género desde una mirada masculina. En su espectáculo Superheroines I have known and loved, presentado en el centro de arte Rich Mix en diciembre de 2014, Solanki desviste de forma directa sus sentimientos, lo que resulta a veces violento. En un pasaje del show narra su encuentro con una chica: “Cuando la conocí pensé que era mona. Quería follármela”. Aunque acompañada de las suaves melodías de un trío de cuerda, esta crudeza no es apta para todos los públicos, y en la charla posterior una mujer muestra su indignación. “Es natural: yo mismo estoy enfadado con las desigualdades, e incluso con las mujeres,” reconoce el artista. “La cuestión es: ¿cómo expresar el enfado de una manera que cree cambio? Si gritas solo produces rechazo. Pero hay que sacar la ira de forma que genere impacto y a la vez provoque diálogo.”

Superheroines I Have Known And Loved

Solanki no es el único artista que está abordando la cuestión de género desde una mirada masculina. El monologuista Dave Pickering presentó en 2015 una pieza, Mansplaining masculinity , en la que “trata de hacer las paces con el hecho de ser un hombre”. Lo hizo ataviado con un vestido como símbolo de subversión. Pickering defiende la tesis de Elisabeth Schüsser Fiorenza de que el patriarcado ha de entenderse como parte de una estructura más grande de poder, el “kiriarcado”, que lo conecta con otros modos de opresión como el racismo, el especismo, el clasismo o el colonialismo. Pero mientras otros sistemas de poder fluyen solo en un sentido, el patriarcado fluye en ambos, y convierte a los hombres tanto en oprimidos como opresores. Para Pickering solo hay una solución: “Matar al patriarcado con amor.”

Esta manera de abordar la masculinidad desde el arte y el pensamiento no es aislada, y desde 2013 cuenta con su propio festival, Being a Man (“Siendo un hombre”). Curiosamente lo inició una mujer, Jude Kelly, directora artística del centro de arte que lo acoge, Southbank Centre. Su objetivo, dice Kelly, es “celebrar que los hombres se estén convirtiendo en un nuevo tipo de padre, que tengan más libertad en la moda y la apariencia física, que se puedan expresar más allá de los tipos ‘artista’ o ‘deportista’, y que puedan mostrar sus sentimientos”.

El festival trata de responder a una pregunta fundamental: “¿Qué nos hace hombres?”. Para ello cuenta con un diverso elenco de varones, entre ellos refugiados, personas transgénero, expresidiarios, profesores de universidad o actores, como el ex-James Bond Roger Moore. Las charlas y presentaciones –sobre poder, porno, crimen, música o yihadismo, entre otros temas– se alternan con talleres más distendidos, como clases de baile para “ padres que dejan a sus hijos en ridículo ” o talleres de cerveza artesana.

Uno de los debates centrales de Being a Man es qué barreras impiden a los hombres hacer un cambio significativo hacia la igualdad de género. “No puedes tener a la mitad de la población pensando y hablando de identidad, que es lo que las mujeres han hecho desde hace mucho, sin que la otra mitad también lo haga,” sugiere Kelly .

Repaso la lista de personas que han intervenido en el festival, y entre ellas salta a mi vista Grayson Perry , artista y rector de la University of the Arts London, muy conocido en el Reino Unido por su travestismo. Perry es, tal vez, el mayor exponente de esta nueva mirada masculina, y en 2016 dirigió All Man (“Todo hombre”), una miniserie de tres capítulos para Channel 4 en la que visitó mundos ultramasculinos: luchadores de jaulas, pandillas juveniles y brokers. En cada entrega observa la “hombría” de cada uno de esos ambientes, después realiza una pieza artística sobre lo que ha experiementado y la presenta a los propios protagonistas.

Grayson Perry. Foto: Martin Pope para The Telegraph

“Travestirme me ha dado la suficiente distancia para darme la vuelta y ver esa torre de poder que es la masculinidad”, sugiere Perry al principio de cada capítulo. Y, efectivamente, la serie es un excelente análisis de la masculinidad, desde la más obvia violencia callejera a la más refinada actitud de un gentleman. En el primer caso compara las actitudes de macho con antiguas tribus africanas: “Esos grupos tenían vías de escape para esa masculinidad, pero ahora vivimos en un lugar donde estos jóvenes están perdidos porque no hay dónde ir con esa fuerza primaria. Su propia masculinidad les está impidiendo tener una buena vida”. En el segundo caso presenta una masculinidad más sutil, que se “gentrifica” según sube en la escala social. “Se camufla como sentido común, y lo masculino se convierte en lo normal por defecto.”

Sus conclusiones tras rodar la serie son esclarecedoras: “No espero una revolución de género pronto, pero lo que los hombres tienen que hacer es mirar adelante. Una de mis principales preocupaciones hacia la masculinidad es que es nostálgica. El hombre idealizado que muchos varones tienen en la cabeza y que intentan imitar sin darse cuenta está anticuado. Pero la mujer idealizada es potencia, dice ‘en el futuro las mujeres seremos iguales y tan poderosas como los hombres, seremos tal y cual’, mientras que los hombres dicen ‘era mejor ser hombre antes, ¿verdad?”

Estas son las primeras miradas ante una masculinidad que comienza, tal vez, su última gran mutación. Un cambio que ha de producirse no haciendo, sino dejando de hacer. Como el propio Perry sentenció en la edición de 2013 de Being a Man: “Los hombres nos pedimos a nosotros mismos y a otros hombres lo siguiente: el derecho a ser vulnerables, inseguros e intuitivos; a estar equivocados, a no saber, a ser flexibles y no sentirnos avergonzados.”

“Y para conseguir todo eso”, concluye, “tenemos que quedarnos sentados”.