media-semana-en-un-barco-de-greenpeace-590-1435222251[1]

“Morning, seven thirty!” Con este toque de diana abro los ojos y me saludan un ojo de pez, una estantería con algunos libros y unas cuantas pegatinas que la pared luce como condecoraciones sobre su uniforme de madera. He de confesar que, a pesar de ser las 7:30 (siempre he creído que levantarse a esta hora debería estar prohibido por alguna convención internacional), me sentía algo emocionado. Una de las pegatinas me recuerda el nombre del barco en el que estoy montado: “Arctic Sunrise”.

Es verdad que cuando me ofrecieron ir a un barco de Greenpeace me pasé la noche dando vueltas en la cama. ¿Obligarían a mis músculos subdesarrollados y torpes, por culpa de los cuales suspendí gimnasia en el instituto, a tirar de sogas gruesas y mover engranajes durísimos? ¿Acabaría como en “El ángel exterminador” de Buñuel, atrapado en un sitio demasiado pequeño con demasiada gente durante demasiado tiempo? ¿Y cómo soportar el mareo sin fin, sin más refugio ni consuelo que el del cubo más grande que encontrara?

Mi imaginación me torturaba con todas esas preguntas, pero a la vez la curiosidad jaleaba mi pensamiento y juntos babeábamos. ¿Cómo sería el ejército de aguerridos marineros hippies que imaginaba? ¿Cómo soportarían esos rebeldes melenudos la rígida disciplina de un barco? ¿Y por qué puntos se fracturaría el romanticismo que acompaña a los buques de Greenpeace?

La batcueva. Está repleta de artefactos y cachivaches y en ella se gestan los más ingeniosos planes.

Recordaba todo eso mientras apartaba de mí la colcha, cuya edad solo podía ser determinada por la prueba del carbono 14, e intentaba bajar de la litera con los pies y no la cabeza. Luego me perdí por el laberinto de escaleras empinadísimas y puertas estrechísimas del barco. No fue la última vez: de hecho, pasé casi todo el viaje perdido, golpeándome con cuantas puertas cruzaba, y creo que ni aun al final llegué a descubrir las rutas más cortas y con menos obstáculos para ir a cada sitio.

En mi deriva me sorprendió que la mayoría de las luces estaban encendidas, hubiera o no gente en los habitáculos. De hecho, algunos interruptores estaban “bloqueados” para que no se pudieran apagar. ¡Vaya ecologistas de pacotilla! Si algo sabía de las buenas prácticas medioambientales es que hay que cerrar el grifo y apagar las luces cuando no los usas. Pero cuando llegué al “mess room” (comedor), donde un nutrido grupo de marineros ya desayunaba, Thuleka, una marinera sudafricana, me dijo que el barco genera electricidad constantemente, y la que no se usa se esfuma, de modo que da igual dejar las luces apagadas que encendidas. Bien.

En el “mess room” la variedad de personajes era increíble. Además de dos o tres melenudos, había chiquitas frágiles que apenas superaban la veintena, algún lobo marino con la piel morena y áspera, unos cuantos españoles, y una colección de caras aleatorias cogidas de las más diversas partes del mundo. La mayoría llevaban ropa de trabajo roída y camisetas viejísimas. Según fui conociendo, los barcos de Greenpeace suelen estar compuestos por tres tipos de tripulantes: marineros, voluntarios y responsables de campaña. Los voluntarios suelen ser jovencitos, vienen de todas las partes del mundo, y su rol puede ser el de activista, el de marinero raso, o ambos. El grupo de campañas, por su parte, decide las actividades que hará el barco para lograr el éxito de los objetivos que tengan en ese momento.

Durante la hora de limpieza Julio, el responsable de campañas, se convierte en el Capitán Fregonas

Terminado el desayuno, a las 8:00 se desata el caos por los pasillos. Marineros asalvajados van y vienen con fregonas y trapos, y el olor a vinagre para desinfectar los váteres inunda el aire. Es la hora de la limpieza. Me di cuenta que cómo hay más gente a bordo que tareas por hacer, la lista donde cada uno elige lo que limpiar se llena rápido. ¡Qué manera más sencilla de zafarse de la limpieza! Pero no podía caer así en las garras de la picaresca, de modo que determiné bajar siempre a la hora correspondiente.

Media hora después empieza la jornada de trabajo. Me lanzo a ver qué hacen los marineros. Veo a una chica joven que está enrollando unas cuerdas más gruesas que su brazo. Se llama Mariona, es la enfermera del barco, además de activista, y me explica que siempre hay tareas de mantenimiento que hacer: óxido que lijar, sal que limpiar, sogas que hilvanar, cubierta que pintar. “Es el trabajo del día a día del barco”, me dice mientras mueve la cuerda con mayor soltura de lo que yo muevo mi bolígrafo. “Si no hay trabajo de campañas, hay que estar constantemente cuidando de que el barco esté en buen estado”.

Martti ‘el vikingo’ arengando a la tropa

Luego conozco a Hsuan, una taiwanesa de 23 años que ayuda al “garbologist” (“basurólogo”), un puesto de extrema importancia. Mientras chafa el contenido de los cubos de reciclaje con su escaso peso, me cuenta que hay tres normas básicas en la gestión de la basura: subir a bordo el menor número de envases posibles, aclarar y limpiar bien todos los tarros y brics, y prensarlos al máximo. Lo de limpiarlos no es banal: el barco va a tener que viajar con esa basura varios días o semanas, y de ella germinarían ecosistemas que no parecen del agrado de Greenpeace. “En el último viaje hubo una plaga de moscas pequeñas”, me cuenta. “Pusimos tiras de esas en las que las moscas se quedan pegadas, pero con la estrechez del barco se quedaban pegados más tripulantes que moscas. Era un asco”.

A las 12:00 es la hora de la comida. Para entonces ya hay 5 o 6 bandejas de suculento rancho en el “mess room”, todas vegetarianas excepto una de carne. ¡Y qué platos, Zeus! Son obra y gracia de Willy, un filipino rockero que corta zanahorias al ritmo de Rage Against the Machine, AC/DC y otras bombas sónicas. “Antes trabajaba en barcos de pasajeros”, me cuenta, “pero era mucho más aburrido porque no podía escuchar rock”. Me aclara también que entró en Greenpeace antes por activista que por marinero. ¡Un activista filipino! Mi idea sobre los países del sudeste asiático es que están en la etapa de comprar todos los coches que pueden y lo más caros posible para olvidar su reciente pobreza a golpe de lujo aparente. ¡Pero hete aquí una mente preclara que se adelanta varias décadas a sus compatriotas! “Me empezó a interesar el medio ambiente por las bandas filipinas que me ponían mis hermanas mayores en los 80: Joey Ayala, Noel Cabangon o Asin. Sus letras me hicieron darme cuenta de la importancia del medio ambiente, y así acabé en Greenpeace”.

Por la tarde un grupo de personas se reúnen en el “mess room”. Están preparando una acción de denuncia por la contaminación industrial de la ría de Huelva. Observo a los indómitos marineros planear la maniobra sobre el mapa, ¡ellos, que seguramente serían insumisos de haber mili! Y en un extraño momento de iluminación lo comprendo todo: estos espíritus rebeldes obedecen las órdenes por confianza, no por jerarquía. Persiguen un objetivo común, que han hecho suyo libremente, y confiar en la experiencia de los compañeros es clave para alcanzarlo. Eso es un barco de Greenpeace: una guerrilla de inconformistas, pacífica a pesar de ser guerrilla, y ordenada a pesar de ser inconformista.

Zarpamos a las 14:00. La ría de Huelva es un sitio horrible: primero un estadio de fútbol, y luego una hilera interminable de plantas químicas, refinerías, depósitos de gas y otras marranadas por el estilo, que la han convertido en un nido de inmundicia. “El estuario más contaminado del mundo por metales pesados”, puntualiza Julio, el responsable de la campaña, mientras va fotografiando cada torre y cada chimenea y contándonos qué contaminación medioambiental (en forma de residuos tóxicos) y social (en forma de corrupción) producen. Abajo, las lanchas silban, los activistas sacan sus pancartas y un drone les graba en una operación más larga y complicada de lo que sale luego en la tele.

Cenamos a las 18:00. Poco después salimos de la ría y entramos en mar abierto. Aquí el barco comienza a brincar alegre sobre las olas, y puedo comprobar por qué le apodan “The Washing Machine” y “La Cafetera”. “Tranquilo, es normal,” me dice Erick, un marinero neerlandés, al ver mi cara pálida. “En mis 15 años de marinero por todo el mundo, nunca he estado en ningún barco que se mueva como éste”. ¡Vaya consolación! La sensación es horrible, y el desasosiego de pensar que no hay conductor al que suplicarle que frene ni fin previsto a la tortura me angustia aún más. El vaivén afecta a cada detalle de la vida cotidiana: beber agua, por ejemplo, se convierte en un delicado ejercicio de equilibrio de flujos. La única escapatoria es abandonar toda esperanza de hacer otra cosa que no sea concentrarse en no marearse. De las varias tácticas que probé, dormir fue la única satisfactoria. La biodramina que me tomé no sé si ayudó a paliar el mareo, pero desde luego sí que a entregarme a un profundo sueño.

“RRRRRRRRRRRRRRR”. Cuando se acabó el efecto de la biodramina sufrí el rugir del barco en marcha en toda su magnitud. ¡Qué terribles estertores sometía a mis oídos! ¿Podría alguien llegar a acostumbrarse a algo así durante días de navegación? El motor, un monstruo de dos pisos de fuego, tubos, palancas, indicadores ininteligibles y otros cacharros innúmeros, está en el centro del barco, y alrededor de él se disponen un buen número de camarotes, con la única barrera de un estrecho pasillo y dos finas paredes.

Pamela, el monstruo de fuego que hace de motor.

A las 6:00 me di por vencido y salí a cubierta. El mareo se había pasado, pero quedaba una ligera sensación de atontamiento y desconexión con la realidad, como el reflujo de una droga desconocida. Con los ojos entrecerrados comprobé que navegábamos por el Guadalquivir rumbo a Sevilla. Allí acabaría mi viaje, el barco se llenaría de visitantes a los que se les explicaría la campaña, y por la noche me llevaría a los marineros a beber un gintonic “consagrado” entre las vírgenes y los cristos del Garlochí. Pero ahora, mientras veo salir el sol por primera vez pienso sobre el día anterior. Realmente no ha ocurrido nada extraordinario: no nos ha abordado el ejército ruso ni hemos estado tres meses en la cárcel como los Arctic30, ni la Armada ha cargado contra nuestras lanchas como en 2014. Ha sido un día de trabajo normal en el que hemos hecho una acción de protesta pequeñita y hemos documentado la inmundicia de la ría de Huelva. ¿Y qué ha quedado en mí tras estos cuatro días en el barco? Pienso en varias cosas: la determinación de estas personas por construir un camino donde solo hay incógnitas, el asombro ante una organización que es capaz de ofrecerles las herramientas y el tiempo para hacerlo, y haber vivido, por fin, una aventura fuera de la sala de cine. Ah, y dos kilos de más, producto de los guisos de Willy.

Publicado originalmente en Vice.es