Londres o las entrañas de la humanidad


It is difficult to speak adequately or justly of London. It is not a pleasant place; it is not agreeable, or cheerful, or easy, or exempt from reproach. It is only magnificent.

Henry James, 1881

Cuando me preguntan por qué vuelvo a Londres tan a menudo, siempre relato el primer encuentro con mi amigo Shane. Rompíamos el hielo con generalidades, y le pregunté a qué se dedicaba. Me respondió que era poeta y actor. “Qué bien”, le dije, “¿y puedes vivir de ello, con lo caro que es Londres?” “No, claro, reparto tofu tres días a la semana.”

Mientras mi rostro permanecía impasible, una salvaje carcajada me apretaba el píloro. Intentaba, como siempre, mostrarme un tío entendido, pero nunca podría deshacerme de esa españolidad que me sacudía como un volcán intermitente. No fue la única persona que me contestó algo semejante en Londres, ni fue la última vez que una carcajada me apretó el píloro de igual manera. Pero un tiempo después lo comprendí: uno es lo que quiere ser, no necesariamente lo que le da de comer.

Sobre esta idea, que aún siendo básica a muchas personas les puede parecer absurda e imposible, se ha construido Londres durante siglos. Es el día a día de los millones de personas que la habitan, y es el motivo por el que han venido aquí. ¿Consiguen encontrarse con ella? ¿Qué se lo facilita y que se lo impide? Y sobre todo, ¿esas personas hacen a Londres, o Londres las hace a ellas?

I. La ciudad frenética

Todo es posible en Londres: nudistas tras la World Naked Bike Ride

In the days that follow, people from around the world will arrive in London to become Londoners and to fulfil their dreams and achieve their potential. They choose to come to London, as so many have come before, because they come to be free, they come to live the life they choose, they come to be able to be themselves.
Ken Livingstone, alcalde de Londres (2000-2008), tras los atentados de julio de 2005

En Londres se sienten muchas cosas. Digo “sentir”, que es aprender con la tripa. Entre su tumulto, sus callejuelas oscuras, sus chimeneas recortadas contra la noche, su ladrillo marrón de moho verde y su suma abigarrada de gente imposible se siente el proceso digestivo de la humanidad: la lucha entre tradición y modernidad, frivolidad y compromiso, individualismo y asociacionismo, sueño y supervivencia, y un millar de otras pequeñas y grandes luchas.

No es nuevo. En la década de 1860 se pudo comprobar que el primer sistema de alcantarillado había acabado con las pestes en buena parte de la ciudad, lo que derribó la idea de que la “bajeza moral” del proletariado era la causa de su temprana mortandad. El avance de la democracia, que en 1867 otorgó el derecho a voto a los varones trabajadores, aseguró su acceso a la educación para que pudieran entender las complejidades de la política. El derecho de expresión y reunión encontró por fin un hueco alrededor de las luchas de trabajadores en Speaker’s Corner. Etcétera.

Pero estar en las entrañas de la humanidad no es fácil. Miles de personas llegan aquí detrás de sus sueños, y enseguida se vuelven alimento de los jugos gástricos de la ciudad: su frenesí, sus distancias dementes, su sobrepoblación y sus precios. Por un momento pueden cabalgar divertidas sobre ellos, pero son pronto arrojadas por el intestino del monstruo en autobuses interminables y calles infinitas. Van camino de sus sueños, pero el intestino a menudo no pasa por ellos. Se deslizan sobre símbolos que les hacen sentir parte de algo grande, pero no son más que la comida rápida que mantiene al monstruo vivo. Intentan atrapar a Londres, pero Londres las ha atrapado a ellas.

II. La ciudad pionera

La extravagancia como motor: Brick Lane antes de ser engullida por la City

Nothing looks weird, not even a beard
Cat Stevens, ‘Portobello Road’, 1967

Conocí a Shane poco después de ir a vivir a Dalston, un barrio en el noreste de Londres que estaba lleno de artistas y negros. Hace poco El País lo calificaba como la cuna de las tendencias mundiales, y por una vez puede que dijese la verdad. En cualquier caso, Dalston es ahora un sitio muy distinto al de diez años atrás. Entonces era un trozo de África incrustado en la ciudad, al norte del centro, con tres o cuatro bares underground que abrían hasta tarde y donde se mezclaba gente de la más diversa calaña. No había tiendas que no fueran badulaques o sitios de reparación de móviles, y no había donde tomar café más que en algún restaurante turco. En el corazón de Dalston latía el mercado de Ridley Road, que atraía al visitante con el olor de las fresas del primer puesto para luego noquearlo al olor de trozos indeterminados de animales y sus correspondientes moscas e hilillos de sangre que recorrían el pavimento. Una señora negra en silla de ruedas pide una bolsa de plástico a un transeúnte, éste se la da, y repite la operación con el transeúnte siguiente. En la noche solitaria aquí y allí hay negros parados por las esquinas, en grupos de dos o tres. Una vez conocí a uno en la parada del autobús. “Qué bien que comas una manzana, me dijo. Nunca te enganches a esto”. Estaba fumando algo como en papel albal. “¿Qué es?” le pregunté. “Crack”.

Hoy hay muchos más artistas que antes, que se refugian en Dalston expulsados de su antiguo feudo, Shoreditch. A ellos les siguen los bares de porte refinado para jóvenes tatuados, las tiendas de cosas ecológicas, unos grandes almacenes de ropa vintage en un antiguo warehouse, y las primeras franquicias. El mercado de Ridley Road sigue existiendo, pero todo el mundo sabe que no durará mucho. “Es terrible que vaya a desaparecer”, oigo comentar a una pareja joven de pelo alocado y abrigo hasta los tobillos. “¿Qué más te da, si nunca compras ahí?”, responde su acompañante.

Sentados en una azotea, Omar Oeste y yo contemplamos la increíble variedad de personajes que discurren bajo nuestros pies. Las más variopintas combinaciones de razas, nacionalidades, colores, formas y peinados, imposibles de describir sucintamente, se suceden. Tomar drogas aquí es redundante, pienso: la ciudad embriaga y seduce, y las más increíbles alucinaciones en forma de personajes o situaciones discurren constantemente ante uno, aún en pleno uso de sus facultades.

III. La ciudad cara

Un tazón de cereales por seis libras: los dueños de “Cereal Killers”, en Brick Lane

I said ‘Pretend you’ve got no money’
She just laughed and said ‘Oh you’re so funny’
I said ‘Yeah? Well I can’t see anyone else smiling in here’
Pulp, ‘Common People’, 1995

La zona central de Londres se divide en dos grandes áreas: el West End, antes de clase alta y hoy dominado por turistas y franquicias, y el East End, antes obrero y hoy dominado por chavs e inmigrantes. Entre ambas zonas está la City, la parte más antigua de Londres y hoy su distrito financiero.

Cuando la City quiso crecer, miró hacia el este. En el diecinueve el East End era la zona proletaria porque hacia allí fluye el río, y por tanto su porquería. Hoy la City, y por tanto su dinero, comienza a fluir análogamente también hacia el este. Y el primer vecino es Shoreditch. En la segunda mitad del siglo XX las viviendas humildes y baratas del proletariado victoriano atrajeron a inmigrantes bangladeshíes, luego a artistas, pero ahora la presión urbanística les está expulsando a ambos a zonas más baratas como Dalston, Hackney o Peckham. En 2009, el propio Jarvis Cocker, cantante de Pulp, se opuso sin éxito a una torre de oficinas frente a su casa de Shoreditch.

Conozco a Neil, que tiene una pequeña fábrica de tofu en un patio de Brick Lane, el brazo armado de Shoreditch. “Haciendo tofu no puedo llegar más que a una cierta cantidad de dinero al mes, claro”, dice. “Una empresa financiera podría sacar mucho más de este suelo. No podemos luchar contra eso”. Neil ha formado parte de una asociación de pequeños comerciantes de Brick Lane que intentaban combatir la voracidad de la City, pero va a tener que mudarse. De fondo, un imparable ejército de rascacielos avanza sin piedad hacia el este.

La mitad norte de Brick Lane era hasta hace poco un mercadillo más o menos improvisado y aleatorio. Los jóvenes iban con una manta y las cuatro fruslerías que tenían en casa y se desplegaban a lo largo de la calle a venderlas. Hoy han sido sustituidos por puestos de comida, con su carpa y su cocina, todo reglamentado y ordenado. La improvisación y la aleatoriedad han muerto, y con ellas Brick Lane sigue el mismo camino que Camden Town, como antes hizo Portobello y antes aun Carnaby Street, y pronto hará Dalston: un reducto para turistas con puestos de comida china. Lo cual no tiene por qué está mal en una ciudad en constante reinvención, si no fuera porque el culpable de todo ello es el ladrillo.

Retrocedamos doscientos años. Si Shoreditch ha sido hasta ahora el reducto de artistas y bohemios, a principios del diecinueve era Hampstead. Situado en el punto más alto de Londres y el más lluvioso de toda Inglaterra, flanqueado por un inmenso parque salvaje y construido con una exquisita delicadeza, sus calles inclinadas y mohosas representan uno de los mejores ejemplos de armonía urbana, que ni los coches ni el asfalto han podido resquebrajar.

Pero Hampstead tiene un problema: además del lugar más alto de Londres y el más lluvioso de Inglaterra, también es el más caro del Reino Unido. El curioso que indague los precios de las casas verá valores de entre 10 y los 20 millones de libras. Si rebaja sus expectativas a un “one bedroom flat” podrá encontrar cosas por un millón de libras. Menos de eso, nada.

El problema de la vivienda está haciendo mucho daño a la capital británica. Conozco a bastante gente que vive en Londres, y su alojamiento suele ser terrible. Una pareja en la que ambos miembros trabajan tiene que compartir habitación con su hija de 6 años. Otra pareja ha intentado comprar una casa y ha perdido 40.000 libras en el intento. No me sorprendería que este problema acabe consumiendo Londres hasta las cenizas: si su espíritu atrae a miles de personas que vienen a realizar sus sueños, el torbellino de precios les repele. Quedarán los ricos, que compran casas por un millón de libras y las venden por tres, rellenando de billetes lo que han vaciado de vida.

O no. De nuevo, no es un problema reciente, y ni mucho menos ha acabado con Londres. Hoy Seven Dials, al lado de Covent Garden, está lleno de turistas y tiendas, pero en 1835 estaba lleno de “casas miserables, con ventanas rotas remendadas con sacos, donde en cada habitación vivía una familia entera, a veces incluso dos o tres”, según cuenta Charles Dickens. Aparte de la miseria, la presión de la población, que se cuadriplicó hasta los 4,5 millones durante el diecinueve, era enorme. Hoy la sobrepoblación sigue siendo evidente, con un metro demasiado antiguo y estrecho para los nuevos millones, una demanda de habitaciones que obliga a dividir cuartos y salones en dos, y una afluencia de turistas que encarece todo.

Pero, a pesar de que Londres siempre será un lugar miserable para vivir, todo el mundo seguirá queriendo venir.

IV. La ciudad en transformación

“Antes todo esto era viejo”: North Greenwich antes de sucumbir al ladrillo

We had reached a questionable and forbidding neighborhood. Long lines of dull brick houses, the monster tentacles which the giant city was throwing out into the country.
Arthur Conan Doyle, ‘The sign of four’, 1890

Cuando por alguna razón se visita una zona de Londres por primera vez siempre cabe la sorpresa. Igual ocurre yendo en bicicleta: cualquier ruta aleatoria en dirección opuesta al centro arroja los mayores descubrimientos en términos de arquitectura, gente, o historia.

Una de las rutas en bicicleta que más me entusiasmaban era el Thames Path, que discurre a lo largo del río. Una de sus etapas es North Greenwich, un meandro del Támesis hacia el este de la ciudad. El intrincado circuito, que discurría entre antiguas fábricas y el río, era un inmenso campo de juego. Su mayor encanto era un barco abandonado, en forma de L, que al parecer servía para cargar sobre él otros barcos. Si el Támesis tenía suficiente caudal se podía subir a su cubierta, donde no había mucho para hacer, pero sí para imaginar. Hoy el barco ya no está, y las viejas fábricas están siendo paulatinamente reemplazadas por aburridos edificios de plástico y cristal.

Era maravilloso ver el barco lleno de chorretones de óxido mecerse suavemente contra los rascacielos de Canary Wharf al otro lado del río, en los Docklands. Ahí pasó algo parecido treinta años atrás: había sido el puerto más importante del mundo en el diecinueve, al conectar la metrópoli con las colonias. (Notará el lector avispado cómo, al estar frente a Greenwich, el poder marítimo del imperio extendió la hora de su meridiano hasta hacerla referente mundial.) Pero tras la II Guerra Mundial, con el avance de la aviación y el desmantelamiento de las colonias, los puertos entraron en decadencia: se dejaron de fabricar barcos, los edificios portuarios quedaron abandonados y el paro desoló la zona. Fue en la época del liberalismo tatcheriano cuando se proyectó el nuevo distrito financiero que competiría con la City, con el rascacielos más alto del Reino Unido como símbolo de renovación y poder. La oposición fue enorme: dos artistas crearon la plataforma vecinal Docklands Community Poster Project, que generó vallas publicitarias y acciones de guerrilla para contrarrestar la propaganda oficial. Pero lo cierto es que el área es un buen ejemplo de urbanismo moderno: los rascacielos se combinan con antiguos edificios portuarios, las zonas peatonales con las masas de agua, y apenas hay coches que afeen las vistas. Para conectarla se creó una nueva línea de metro, el DLR, que discurre sobre los antiguos viaductos por donde los trenes transportaban mercancías hasta el centro de la ciudad. Entonces los vagones no llevaban máquina: las chispas de los trenes de vapor causaban incendios y por ello la máquina estaba estática en las estaciones de cabecera. Hoy los vagones del DLR no llevan maquinista, y sentarse en la cabecera del tren es una experiencia magnífica, saltando de tejado en tejado por todo el East End hasta meterse por dentro de los rascacielos.

Como el lector ya se habrá dado cuenta a lo largo de este ensayo, Londres está en constante y rápida transformación. Y a pesar de ello sigue manteniendo su morfología decimonónica, que ha conseguido sobrevivir incluso al blitz. De alguna manera, los cambios se han hecho gradualmente y con gusto, primando el mantener sobre el rehacer. De cara a los Juegos Olímpicos de 2012 se recuperó un tramo de vía que atraviesa Shoreditch para hacer una nueva línea de metro y, como tuvieron que tirar la estructura victoriana existente, el ayuntamiento puso carteles pidiendo disculpas porque “no podría soportar el peso de los trenes nuevos”. ¿Se imaginan ese cartel en otra parte del mundo?

Sin embargo, parece que en los últimos años, durante el mandato de Boris Johnson, esta transformación se está entregando en exceso al rehacer, y menos al mantener. Está ocurriendo en North Greenwich, en la multitud de nuevos rascacielos que pueblan ahora la City y que amenazan a Shoreditch, o en la tabula rasa que supusieron los Juegos Olímpicos para Stratford. Pero, como cuenta una guía de viaje de 1935, Let’s look at London, “no pasa nada, porque siempre quedarán defensores que evitarán demasiados ataques al corazón de tan gran ciudad”. Ya sean plataformas ciudadanas como Docklands Community Poster Project, artistas como Jarvis Cocker o personas anónimas como Neil.

V. La ciudad inspiradora

La ciudad que habla: una callejuela en Whitechapel

For a week or a fortnight I can write prodigiously in a retired place, and a day in London sets me up again and starts me. But the toil and labour of writing, day after day, without that magic lantern, is IMMENSE!!
Charles Dickens, carta a John Forster, 1846

Una de las principales diferencias entre Londres y las grandes ciudades de España es el periodo de su expansión: si en España ésta ocurrió en los años 50-70 con el éxodo rural (Buñuel dice en sus memorias que Madrid en los años 20 era una ciudad pequeña, que se recorría andando, y donde todo encuentro era posible), en Londres se produjo cien años antes. Ello no es baladí: la ausencia de automóviles y el buen gusto victoriano hizo que su expansión no perdiese la escala humana. La ciudad se expandía irregularmente según crecían las líneas de metro, en zonas apropiadamente conocidas como “Metrolands”, y no en ciudades dormitorio accesibles casi exclusivamente en automóvil. Un siglo y medio después los edificios hablan, ya sean construcciones imperiales o casas humildes, doblados por el peso del tiempo y marcados con las cicatrices del clima. El laberinto de callejuelas y pasadizos susurran al transeúnte, los misterios le asaltan en la oscuridad de las calles traseras, el millar de detalles y ornamentos atrapan su atención, y la imaginación brota como el moho en las paredes.

Sostengo que las ciudades hacen a las personas. También es recíproco, claro. Imaginen un barrio nuevo en España, con sus edificios anodinos, sus calles anchas y muertas por la falta de establecimientos y su abrasante sol. ¿Qué influencia ejerce este urbanismo sobre sus habitantes? Pesadez, resignación, muerte en vida. La línea recta y la amplitud recuerdan al los campos de concentración nazis: exponen al ser humano a los elementos, lo reducen a la insignificancia y asfixian su pensamiento. La monotonía de sus paredes de ladrillo, sin un establecimiento, sorpresa o detalle sobre los que pueda recaer la vista, desaniman del paseo, y con él del encuentro fortuito y la aleatoriedad. Caminar sobre el puente de la autopista que divide al barrio en dos es como cruzar el río Estigia, sólo que aquí el Hades está a ambos lados y el Can Cerbero tiene motor y cuatro ruedas. Este ambiente, sin duda, dejará un poso severo sobre quienes crezcan en él. La monotonía, el aburrimiento, la frialdad y el desazón ante la vida secuestrarán a sus habitantes y les privarán de toda imaginación.

Al contrario, la propia morfología de Londres despierta la creatividad. Como hemos visto, la ciudad creció de forma aleatoria, sin orden ni concierto, que es el mejor abono para la imaginación. Los callejones de Whitechapel conservan la presencia de Jack el Destripador atacando a sus víctimas y de Sherlock Holmes fumando opio en un tugurio durante días. Sobre el parque de Hamsptead planea aún la sombra de la mujer que Drácula vampirizó y que raptaba niños al atardecer. En Southbank, jóvenes desdentados y mugrientos beben cerveza en sus escasos ratos libres a orillas de un río pútrido. Más allá, en el West End, los movimientos por los derechos laborales o el voto femenino causan algún que otro altercado. Los marcianos de H.G. Wells invaden Primrose Hill, en Camden, donde antes William Blake había hablado con el “sol espiritual”. Entre los muros de una calle del Soho aun repican las canciones del concierto en el tejado de los Beatles, y el Támesis aún no ha ahogado el particular jubileo de los Sex Pistols, que interpretaron Anarchy in the UK frente al Parlamento. En el metro una mujer musulmana de largas telas negras comparte asiento con una ciberpunk de escasa ropa y colores fosforitos. Brixton, que sigue siendo recordado como un barrio indómito por sus disturbios de 1981, hoy genera su propia moneda local. Sobre un fabuloso imaginario inventado se gesta un no menor imaginario real, y sobre ambos los habitantes de la ciudad construyen los suyos propios.

VI. El equilibrio perfecto

Conviene salirse del intestino del monstruo a tiempo: ‘commuters’ apresurados en Westminster

I long to go through the crowded streets of your mighty London, to be in the midst of the whirl and rush of humanity, to share its life, its change, its death, and all that makes it what it is.
Bram Stoker, ‘Dracula’, 1898

Hoy vivo en Madrid, y me parece una ciudad perfecta para hacer cosas, como epicentro de un país fantásticamente grotesco. Pero a veces su energía se siente sepultada bajo la losa de una practicidad inútil. No es casualidad la correlación de edades de ambas ciudades: la media de edad Londres es de 34 años, la de Madrid 43. Una peculiaridad que suele pasar desapercibida ante el visitante casual, pero que define en gran medida el espíritu de la ciudad. Neil, que tiene 52 años, me lo dijo: “Me echan del centro de Londres, pero no me iré muy lejos. Quiero reivindicar que las personas mayores podamos vivir también aquí.” Un fantástico acto de rebeldía doméstico que define perfectamente la ciudad, aunque lo haya dicho un “viejo”.

Cuando me preguntan por qué vengo a Londres tan a menudo siempre cuento la historia de Shane. No suelo decir más, porque tendría que referirles todo este escrito para que entiendan que vengo a dejarme seducir por sus callejones oscuros y sus edificios marcados por el tiempo, a inspirarme en su increíble variedad de personajes alocados y espíritus libres, a encontrarme con la energía creadora de la juventud y la sensación de que todo es posible. A adentrarme, como Drácula, en las entrañas de la humanidad, a sentir su grandeza y a impregnarme de su imaginario. Vengo a dejarme inspirar, pero sin sufrir sus miserias y calamidades, y aplicar luego todo lo que aprendo en España, donde los precios aún son razonables, las distancias no son dementes, y la gente se presta más que ningún otro sitio del mundo a lo grotesco. Pero eso es otra historia…

Publicado originalmente en El Estado Mental