Nos gusta España


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Ya se ha discutido muchas veces que todos los españoles, sin excepción, odian España. Incluso los que dicen amarla. Unos odian sus símbolos, a los que consideran franquistas; otros odian todo lo que no sea su parte de terruño; otros ensalzan su bandera pero odian a todos los españoles que no son como ellos. Y así, entre odios y odios, vamos construyendo nuestra nación.

Yo mismo, en mi juventud, no era ajeno a ese odio. Por ventura salí al extranjero y, deslumbrado por sus bondades, fustigaba nuestro país con el látigo de la inferioridad. Criticaba en él la Santísima Trinidad conformada por Inmaculada Hipoteca Perenne, San Trabajo Fijo y Estabilidad Über Alles, además del “Y esto pa qué” o el “Ladrillo Dirige Nos”. Era la época de los coches tuneados, la salsomáquina y el pelo cenicero.

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Pero en el extranjero también aprendí a amar a España. Por una parte me libré del influjo de desprecio a lo español que continuamente nos rodea, lo cual me permitió explorar nuestro país sin prejuicios. Por otra me libré del día a día de las bagatelas efímeras que adornan la cháchara nacional, ya sea ésta en periódicos, redes sociales o la casa de su tía. Y, por último, pude conocer a gentes de todas las partes del mundo, para concluir que cada cual estaba más ido que el anterior. Por cierto, todos venían diciendo que su país era el mejor del mundo, aunque una guerra los hubiera expulsado cruelísimamente de él.

Una vez hechas las paces con España pude volver a ella con los brazos abiertos. Y me encontré, sin lugar a dudas, con el país más fantástico del mundo. Está claro que no conozco los usos y costumbres de cada país tan a fondo para sostenerlo, aunque Antonio Molina cante

Yo me he recorrido el mundo entero
y les puedo asegurar
que mujeres, vino y música
como en España ni hablar
y eso lo digo yo aquí y en la China y en Madagascar.

Y que, además, cada cual no hace sino buscar constantemente las bagatelas de su infancia, por lo que siempre volverán al país que mejor las ofrezca, es decir: el suyo propio.

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Pero aun así lo sostengo: España es el país más fantástico del mundo. Fantástico en el sentido de fetén, y también en el de fantasía. No hay otro igual. Primero, porque es cómodo: usted se va a coger un autobús de aquí a León y sabe a qué hora va a salir y a qué hora va a llegar. No es algo muy frecuente en el mundo. También porque hay libertad para hacer o decir lo que a uno le plazca, aunque sea a costa de la mirada inquisitiva de la señora Mari, y no se fomente demasiado desde las instituciones. Pero se puede. Y, sobre todo, porque España es la encarnación de Lo Grotesco y Lo Absurdo, que dan pie a las más fabulosas imaginaciones, ingenios, disparates, posibilidades y fantasías. Es un estupendo campo de juego donde todo lo increíble es posible, donde la imaginación no tiene límites, donde se pueden elucubrar las más interesantes teorías, como la de Empleo y Gol, donde Lo Serio es Broma, cerrando el círculo de Lo Sublime y Lo Despreciable, donde la propia destrucción de la esencia de España está en la propia esencia de España. Es un país que sobrevive gracias a que se destruye.

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Por eso nos gusta España. No como le gusta a La Razón, que lo hace de una forma primitiva, parcial y despreciable, sino con un amor profundo y sólido. Un amor a todos los elementos que forman España, porque todos ellos participan de su esencia: Lo Grotesco.

(Aunque bien pensado, seguramente sólo lo hagamos porque Lo Grotesco también forma parte de nosotros, y no podríamos vivir sin ella en otra parte del mundo. Pero qué le vamos a hacer.)

El Pueblo español tiene un camino que conduce a lo Grotesco

El Pueblo español tiene un camino que conduce a lo Grotesco